Me costó cuatro años el poder hablar de mi Coyotito sin que las lágrimas asomaran, sin sentir ese nudo en la garganta y, aún ahora, mientras escribo mis ojos hacen agua y bostezo para que mi esposo, que está a mi lado absorto leyendo noticias en su celular, no me pregunte si estoy bien.

Mi Coyotito, aún un cachorro creo de 7 meses, llegó una mañana de verano a esconderse bajo el Peugot 404 que mi padre tenía aparcado hacía meses en la cochera que, en ese entonces en Salamanca, no tenía ningún tipo de protección, no tenía reja.

Sus patitas huesudas asomaban por lo que me agaché y lo ví, todo hueso y pellejo, con los moquillos saliendo de su naricita, totalmente congestionado y yo, que ya salía a trabajar, avisé a mi mami de mi hallazgo y le supliqué que le hiciera algo para comer.

Su nombre vino naturalmente, el color de su pelo hirsuto me hicieron acordar a un coyote y así lo llamé, Coyotito.  Su mirada no era de desconfianza, no temor, no furia, sólo de esperanza.  Se dejó cargar, no protestó, ni fuerzas tenía el pobre para nada.  Lo cargaba para que estuviera en una posición cómoda para comer, para limpiarlo, lo cargaba para llevarlo al pequeño jardín que teníamos en ese entonces con césped y con un álamo hermoso para que hiciera sus necesidades y, mi pequeño, se aguantaba desde la mañana hasta que llegaba del trabajo y hacia todas sus necesidades de una sola vez.

No fue fácil sacarlo adelante, el veterinario vino a casa para evaluarlo y medicarlo,  poco a poco fue mejorando, poco a poco fue moviendo su colita y aceptó vivir en un rinconcito preparado con mucho amor para él, afuera en la cochera.  Mi padre nunca aceptó que lo hubiera acogido en casa.  Mi Coyotito tenía que permanecer afuera, ya teniamos otro perrito en casa, Alfalfa, y mi padre odiaba a nuestro perro, no porque no fuera gentil con los animalitos pues amaba al gato, Sapi, y a nuestro loro, Chivato, pero Alfalfa llegó sin su permiso y eso, para él, fue algo imperdonable.

Recuerdo con amor los días de juego, cuando ya recuperado íbamos a un parque cerca a casa, Coyotito, Alfalfa y Hobbo, el perrito de la cuadra.  Era lindo verlos correr, jugar entre ellos, mientras yo sentada bajo la sombra de un árbol enorme, Titán, leía alguna revista.  Ese árbol, si hablara, aún sigue ahí en el Parque de la Brujas.  

Mi precioso Coyotito, lo amé con locura, era mi hijito, lo cuidé con tanto amor  pero un día regresando del trabajo ya no lo encontré.  Me dijeron que se fue, que seguro empezó a seguir a mi padre cuando salió de casa rumbo al trabajo y que, ojalá, no lo hubieran atropellado por la Av. Circunvalación.

Casi muero, sentí que el piso se abría y que caía en un pozo profundo, me sentí enferma pero salí disparada a buscarlo.  Caminé la ruta de mi padre para ir al trabajo, pregunté, fui por todos lados pero no lo encontré.  Luego vino el enojo, realmente odié a mi padre aunque no tuviera culpa, pero no hizo nada para que mi perrito no lo siguiera… y la depresión, bajé de peso en unos días, iba a trabajar porque tenía que hacerlo y cuando regresaba del trabajo volvía a la triste realidad, mi Coyotito no estaba.

No pasó la verdad ni una semana y apareció sin más, pero había algo en él que me decía a gritos que no estaba bien.  Caminaba de lado y había perdido algo de peso por lo que llamé al veterinario, confiando que él sabía lo que hacía.  El sólo recetó unas vitaminas y, mi mami, con su dicho “si come bien, está bien” me tranquilizaba un poco.

Nunca voy a olvidar ese día, lo recuerdo como si fuera ayer y aún duele.  Mi Coyotito comió con gusto su comidita, pero luego de una media hora empezó a gemir, escuché sus aullidos y salí corriendo hacia él.   ¿Qué tienes?, ¿qué te pasa?, ¿qué hago por Dios?

Mi Coyotito sólo aullaba y caminaba dando vueltas, sus aullidos calaban en lo más hondo de mi alma,   se acercó a mi, lo abracé con ternura y empecé  a rezar, pedía por el alma de mi  perrito quien me miraba pidiendo ayuda, una ayuda que yo no podía darle, no podía hacer nada, sólo rezar y rezar hasta que murió en mis brazos.

Fue muy triste, más que triste, una semana, un mes, un año, dos,tres, cuatro… ya van treinta y aún no puedo hablar de él sin que una o más lágrimas asomen.

 Te extraño mi Coyotito… 

Tu mami